Exquisitamente amable, refinado y culto. Detallista sin límite. Quizás porque entiende que los detalles son el alma sutil de la Arquitectura. Carlos Lamela sabe además que las tendencias pueden desaparecer pero el estilo es eterno. Su serenidad envuelve, porque un arquitecto como él es un dibujante de sueños. Su admirada obra besa airosa distintos confines. 

Nos acercamos  a su estudio madrileño donde se hace realidad la frase de Steve Jobs: “El diseño no es solo lo que ves, sino cómo funciona y se siente”. Su mejor maestro fue su padre, Don Antonio Lamela, insigne vanguardista a partir de los años sesenta a quien hurtaba los pínceles para dibujar. Ahí nacía su verdadera vocación. 

¿Dónde hace usted su carrera? 

En la escuela de Madrid, en la Politécnica, una de las mejores del mundo. 

¿A qué corriente pertenece actualmente?

Yo pertenezco a una corriente muy funcionalista. 

¿Cuál es el estado de la arquitectura española?

Siempre ha estado ligada al terreno, muy limitada. Ha accedido al primer mundo hace poco. Venimos de una tradición artística, cultural y arquitectónica muy rica en otros siglos pero en el XX, salvo honradas excepciones, ha sido austera. Ahora es más diáfana y flexible. 

¿Cuál es el espíritu que le inspira? 

Intento hacer una arquitectura muy seria, funcional, bien construida, que tenga poco “aparato”, de fácil entendimiento, rigurosa, ordenada, con calidad de los materiales.

¿Qué opina de la arquitectura ecológica?  

Tengo sentimientos encontrados. El mundo de la sostenibilidad es algo irrenunciable. Mi padre se preocupó de estos temas y acuñó un término que era el naturalismo cuando ni siquiera la palabra ecología existía. Con lo cual siempre hemos estado preocupados por estas corrientes. 

¿Ha construido alguna obra sostenible?

Sí. En Bruselas, hemos realizado el primer rascacielos de Europa en altura sostenible de 140 metros de altura y consumo prácticamente cero. Es una referencia mundial.

¿Y otras edificaciones, en la actualidad? 

Hay varias, como el complejo Canalejas de Madrid o la nueva terminal de Schiphol en Ámsterdam. Es el aeropuerto más importante de la Europa política con 65 millones de pasajeros. 

Construyó la T4 del aeropuerto de Madrid. ¿Cómo fue la experiencia?

Un éxito. Es una terminal muy reconocida desde el punto de vista del diseño y la operatividad.

¿Por qué se le pinta de amarillo?

Esta es una gran pregunta. Los españoles hubiésemos decidido ponerlo de blanco o de gris, pero nuestro socio inglés, Richard Rogers, dijo: y ¿por qué no rojo y azul? Respondimos no, porque son los del Barca. Y tampoco blanco porque es el del Madrid. Finalmente ya que el color central era el del  facturador y la dársena, propuse que este fuera el dominante. Y así surgió.

¿Qué le ha legado su padre, Don Antonio Lamela, a la arquitectura española? 

Fue un gran pionero. Fundó el estudio más importante de España. Muy moderno. Viajaba mucho. Creó las Torres de Colón que siguen siendo el edificio suspendido de la cabeza en hormigón con más plantas del mundo, fundamental en la historia de la arquitectura. Construyó  el Hotel Melia Princesa, la pirámide en La Castellana, los primeros edificios modernos turísticos en los años sesenta. Luego, ya conmigo, hicimos la ampliación del Santiago Bernabéu y otros proyectos. 

¿Y su madre?

Excepcional. Le tocó ser ama de casa, cocinera y costurera estupenda. Una gran madre y esposa. 

¿Qué plato añora de ella?

El arroz a lo pobre. Elaborado con unas lonchas de patata y mucha morcilla. 

Está usted felizmente casado ¿tiene hijos?

Mi esposa se llama Juana y tengo dos hijos. Uno de 21, es Músico Electrónico. Y mi hija pequeña de 15. Desgraciadamente me voy a quedar siendo hijo de arquitecto pero no padre de arquitecto. 

¿Usted construyó su propia casa? ¿La hizo como quería o le influyó su esposa?

Sí, la construí, pero la mujer siempre gana como esposa, madre e interiorista. Ganó por goleada.

¿A qué tipo de vivienda llevaría a estas personalidades?

Al Papa Francisco. Le llevaría a una casa minimalista y austera. Yo creo que él estaría muy cómodo allí. 

Al presidente Trump. Le ubicaría en su rascacielos, bien alto, para que domine el mundo porque creo que le gusta.

Al presidente Pedro Sánchez. El presidente de España debe tener una casa muy cercana a los ciudadanos. Le trasladaría a una casa en mitad de la calle Serrano, de la Gran Vía, o Lavapiés.

A su majestad, Felipe VI. Tiene una casa magnífica. Tuve la suerte de ir varias veces porque hemos trabajado para la Fundación Reina Sofía. Es un sitio precioso y funcional. 

Yo le dejaría donde está. Ahí despacha estupendamente bien. 


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