La democracia tal como la conocíamos hasta ahora puede estar en peligro debido a las consecuencias de una pandemia del alcance del COVID-19. Sin embargo, este hecho ya había ocurrido anteriormente. Concretamente en el siglo V a.C y en la Atenas de Pericles (495 a. C.- 429 a. C.), quien fue el inventor de la democracia. En medio de las Guerras del Peloponeso (25 de abril de 431 a. C. – 404 a. C) la llegada de una peste hizo caer en desgracia el modelo que había instaurado el gobierno participativo.

SIN REMEDIO

El historiador Tucídides (460-400 a.C) describe en su libro “Historia de la guerra del Peloponeso” esta enfermedad que asoló la ciudad en la primavera del año 430 a. de C. Había comenzado, escribe el autor, “primero en tierras de Etiopía y después descendió a Egipto y Libia. Se extendió largamente por las tierras y señoríos del rey de Persia y desde allí entró en la ciudad de Atenas.”

A su propagación contribuyó el estado de guerra permanente que había obligado a protegerse intramuros a muchos habitantes del campo y de otras ciudades. Desde el Pireo, un puerto importante para el intercambio comercial, se extendió la peste por la ciudad provocando la muerte de casi un tercio de su población. Fue tal su envergadura que “jamás se vio en parte alguna del mundo tan grande pestilencia, ni que tanta gente matase”. Para erradicarla, ni la medicina ni la charlatanería ayudaron. “Los médicos no acertaban el remedio, porque al principio desconocían la enfermedad y muchos de ellos morían los primeros al visitar a los enfermos” relata el historiador griego.

ESTADO DE ANARQUÍA

La sociedad fue devastada por los efectos que acarreó el contagio dentro de la polis griega.”La catástrofe fue tan abrumadora que los hombres, sin saber lo que sucedería a su lado, se volvieron indiferentes a todas las reglas de la religión o de la ley“. En este contexto, los ciudadanos, sin esperanza de futuro, se sintieron libres para cometer crímenes y delitos de diversa índole. De esta forma, se instauró “un estado de anarquía sin precedentes”.

Aparte, los atenienses, influidos por la cercanía de la muerte, vivieron solo para “el placer del momento y todo lo que posiblemente pueda contribuir a ese placer”. Por ello, y como consecuencia de la epidemia, la ciudad vivió en un estado de permanente inmoralidad.

PENSAR EN SÍ MISMO

Esa amoralidad llevó a trastocar todas las costumbres y a convertir el egoísmo en la guía esencial del comportamiento de cada persona. Y puesto que solo eran capaces de pensar en ellos mismos los atenienses vieron a sus conciudadanos como una amenaza, abandonando cualquier atisbo a la solidaridad.  

Decía Platón ​(427-347 a. C.) que los regímenes políticos son tan frágiles como cualquier otra estructura humana, y todos caen en el tiempo. Es lo que ocurrió con la democracia ateniense. La catástrofe contribuyó finalmente a la derrota de Atenas, acaecida en el 404 a. C. Tras derribar los muros de la ciudad los espartanos impusieron una oligarquía de corta vida, pero asesina.

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