Tiene 32 años.190 cm. de estatura. El futuro de Arabia Saudita, nación de 33 millones de habitantes, está en sus manos. Licenciado en Derecho, duro negociando, pero con una sonrisa envolvente. Este hombre, según Barack Obama, “tremendamente inteligente” controla plenamente el ejército, la seguridad, los medios y la economía. Su gran sueño: occidentalizar su país. Eso sí, a su manera / Carlos Peñaloza.

Arabia Saudí es el principal aliado de Occidente en Oriente Próximo, una de las zonas estratégicas del mundo altamente volátil, donde se libra una dura pugna entre las dos grandes confesiones del Islam: la chiita, dominada por Irán, y la sunita, que encabezan los saudíes. 

Ante esta situación, el rey Salman se ha apresurado en situar de manera inequívoca a su país en la órbita occidental. El responsable de esta misión será su hijo, el príncipe heredero Bin Salman. Y es que la latente amenaza iraní podría cambiar profundamente el status quo de la región. 

Para lograr este objetivo se requiere de una profunda revolución: cultural, religiosa, social y económica. 

El rey y su hijo son conscientes de que esta acción requiere de mucho dinero. El petróleo no es eterno. Por eso han comenzado  las reformas  del sistema económico-productivo que permitan afrontar el futuro sin depender sólo del oro negro.

Bin Salman ya tiene un plan: el proyecto VISION 2030. Una de sus fortalezas será la creación de NEOM, una megaciudad cerca del Mar Rojo. Su construcción costará 500.000 millones de dólares. Este dinero saldrá de inversores de países aliados, no necesariamente árabes. El objetivo: situar a NEOM como la ciudad-puente más poderosa entre Occidente y el Medio y Lejano Oriente. 

A cambio de esta financiación el gobierno saudí ha destinado un fondo de 100.000 millones de dólares para invertir en empresas occidentales. 

El turismo y el entretenimiento serán tenidos en cuenta para captar más consumidores extranjeros. 

Se pasará de ocho a 30 millones de visitantes en los próximos diez años. 

Otro de los objetivos prioritarios es potenciar el papel de la mujer en la sociedad, aunque solo sea para aprovechar su fuerza de trabajo, y acabar con las extremas diferencias que desaniman a la inversión extranjera. 

Finalmente, entre los muchos cambios de percepción de la realidad, impactan las declaraciones del príncipe respecto a Israel diciendo: “Arabia Saudí no tiene problemas con el pueblo judío. El profeta Mahoma se casó con una mujer judía”. El reto es grande y transcendente para la paz mundial. La suerte está echada.

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