ALFONSO ÁLVAREZ-CASCOS RUIZ

“El fútbol es algo más que un problema de vida o muerte.” No lo digo yo, lo dice Bill Shankly OBE, exentrenador del Liverpool, equipo “top flight” inglés. En la actualidad, es indudable e irrefutable la aportación social, económica y el arraigo cultural que tiene el fútbol en la sociedad española, europea y a nivel mundial. Todo ello, queda englobado y rodeado de un aura de integración, solidaridad, respeto y deportividad que son los valores de la Federation International Football Association (FIFA), órgano rector del fútbol a nivel mundial. Es por ello que, con el paso del tiempo y el poderío adquirido, el fútbol se ha convertido en un instrumento diplomático que eleva el deporte rey a una cuestión entre Estados. En los últimos meses hemos visto múltiples hechos de las altas esferas del fútbol compadreándose con las altas jerarquías de los Estados. Haciendo honor a la idea de Clausewitz de que la guerra es la continuación de la política por otros medios. En 1996, previamente a una semifinal de la Eurocopa entre Inglaterra y Alemania, el periódico The Times tituló que el fútbol es la continuación de la guerra, por otros medios. 23 años después, podemos ver como el fútbol se ha convertido en toda una institución geopolítica.

No hace mucho, Gianni Infantino, Presidente de la FIFA desde 2016, se dirigió a los Jefes de Estado reunidos en Buenos Aires con motivo del G20. Más de 200 años han pasado desde el nacimiento como tal del deporte rey, y más de 145 años desde el primer partido internacional que enfrentó a Escocia contra Inglaterra y se saldó con un resultado de 0-0 ante 4000 espectadores. Pero volviendo al tema, Infantino no solo dio su discurso, sino que tuvo la oportunidad de integrarse en los corrillos formados por Putin, Trump, Xi Jinping y el anfitrión, Macri. Fue hace unos meses en 2018, ahora 2019, cuando ocurre esto. ¿Qué nos ha llevado hasta este punto? ¿Qué le pidió Infantino a tan distinguidos oyentes? A la primera pregunta la respuesta es fácil, aunque exige una serie de datos: billones de fans a nivel mundial, un output anual que alcanza sobradamente los 200 billones de dólares, el 70% proviene de Europa. ¿Cuántos países tienen un producto interior bruto (PIB) superior a este nivel? Permítanme el inciso, porque en España el fútbol ya produce entre el 1 y el 2% del PIB. Además, el fútbol se ha convertido en la industria que más ha crecido y que a su vez ha sabido acolchar bien el azote de la crisis económica mundial. Siendo un fenómeno su crecimiento económico mientras otras industrias se ahogaban a más no poder. Y claro, el evento por excelencia del fútbol: la Copa Mundial de la FIFA, celebrada cada cuatro años, reporta casi 600 millones de dólares tanto para el país anfitrión, como para FIFA, que a su vez se encarga de distribuir dinero alrededor de las múltiples federaciones para infraestructuras de primer nivel. El mensaje del Presidente Infantino no fue otro que no sea concienciar de la verdadera relevancia del fútbol en el panorama internacional con estos, y muchos otros datos en la mano. Incluso se permitió ironizar sobre si el fútbol debía convertirse en un Estado independiente por sí mismo.

Como he dicho, el Mundial es el evento cuatrienal que reúne a miles de aficionados en estadios y millones alrededor de la televisión. Es un mes en el que el mundo se para para animar a su país, y quieras saberlo o no, te vas a enterar de cómo ha quedado tu país y del ganador. El fútbol ha utilizado este evento como conducto para enviar un mensaje al mundo haciendo gala de sus valores. El de Sudáfrica en 2010 fue el Mundial para darle valor al continente africano; el de Alemania en 2006 la muestra definitiva de la unión de las dos Alemanias. Prueba de la importancia que tiene el fútbol para los Estados es el caso de la Presidenta de Croacia. Se fue todo el pasado verano a Rusia a ver los partidos de su país. Supongo que sus aspiraciones eran la de ir a la fase de grupo y si acaso, un par de partidos más, pero lo que seguramente no esperaba era llegar hasta la Final y compartirla con Emmanuel Macron, a la sazón ganador. Francia conquistó en Rusia su segunda estrella de campeón del mundo. Fue un Mundial que estuvo anticipado por una serie de riesgos y miedos que nublaron la vista de todo espectador e hicieron presagiar lo peor: amenazas de Estado Islámico contra los jugadores o los hooligans rusos coaccionando a todas las aficiones. Evidentemente, el Mundial se convierte en el epicentro mundial y todos quieren ser el foco de atención para lucirse. En 2022, Qatar será el anfitrión de un Mundial marcado por la incongruencia y estupefacción de todo el que se precie a analizarlo. Dejando de lado su capacidad para afrontar un evento de tal envergadura, que con el poderío económico que se mueve por el país es indudable que sean capaces de hospedar a todos los aficionados o de construir instalaciones deportivas con las más altas prestaciones, lo que conmueve es la capacidad de este país para cumplir con los valores de la FIFA: respeto a los derechos humanos, tolerancia, etc; y además, la forma de elección de la sede estuvo marcada permanentemente por negocios ocultos, intereses en diversos países y, presiones y comisiones ilícitas a ejecutivos alrededor del mundo. Todo ello merece análisis aparte y, prueba de ello es que se están investigando todas las conductas en la Justicia americana y ha provocado la caída de un Presidente que parecía inamovible, inviolable y la llegada de uno nuevo que aporta reformas con el objetivo de dar más transparencia a la institución. El cambio más notable es que para la elección de la sede del Mundial 2026, las dos candidaturas presentadas: Estados Unidos- Canadá – México y Marruecos, vieron como los informes tenían carácter público, el calendario se cumplía de forma efectiva y la votación se hizo de forma global en la Asamblea de la FIFA -anteriormente lo decidía el actual FIFA Council)- y también, de manera pública. España se abstuvo pagando un alto peaje por ello, aunque la victoria fue incontestable en favor de la candidatura de los tres países americanos.

En los últimos meses se ha escuchado con fuerza la posibilidad de realizar en España de manera conjunta con Marruecos y Portugal el Mundial de 2026. No es una simple propuesta, ocurrencia de un momento, del Gobierno nacional. Mas bien, es una forma de pedir perdón, donde se demuestra la verdadera instrumentalidad del fútbol como un arma de la diplomacia. Desde la llegada de la democracia todos los presidentes del Gobierno realizaban el primer viaje oficial al extranjero a Marruecos. Pues bien, Pedro Sánchez decidió cambiar de ruta y no visitó Marruecos; se fue a abrazar a Macron a Francia. No solo eso, sino que, como la Federación española no votó a favor de la candidatura marroquí de cara al Mundial de 2026 a pesar de la insistencia del Ministerio de Asuntos Exteriores en apoyar a Marruecos, el enfado del país africano creció enturbiando la relación entre ambos países. En cierta forma se intentó paliar con la celebración de la Supercopa de España el pasado verano allí, pero no fue suficiente. Quizás recordarán también que con la visita de Pedro Sánchez al país del Norte de África no estaba agendada una reunión con el Rey marroquí, Mohamed VI. Pues bien, ahí se observan las implicaciones del fútbol en la diplomacia actual. Ahora bien, la ocurrencia de la candidatura con Marruecos y Portugal no es obra del Presidente de la Real Federación Española de Fútbol; más bien es una imposición desde el Gobierno nacional y Luis Rubiales, que guarda gran afinidad ideológica con Pedro Sánchez, y nunca se ha visto en ninguna ocasión mejor, se limitó a asentir sin rechistar.

Hacia el final de año vivimos en España un evento marcado por la incredulidad y el asombro. Hablo ahora de la Final de la Copa Libertadores. La que se suponía que iba a ser la última a doble partido, se quedó a medio camino. No se podía borrar la ida en La Bombonera, pero el jugar la vuelta en campo neutral desvirtúa por completo el concepto de final a doble partido. España, Madrid en concreto, fue el anfitrión en una gestión que involucró a la CONMEBOL, al Real Madrid, subsidiariamente a la Federación Española y en último lugar, recibió el empuje de los Gobiernos español y argentino – Sánchez presidió la final en el Bernabéu. Sea esto una prueba-simulacro de lo que sucederá en el Wanda Metropolitano a principios de junio con la Champions o no, lo que queda meridianamente claro es que las decisiones en el fútbol actual se toman con respaldo político. 

Para el bonito recuerdo de muchos queda el partido de Navidad jugado en las trincheras entre las tropas inglesas y alemanas en 1914. El fútbol jamás ha olvidado su papel de unión y vertebrador social, tan solo hay que ver el ejemplo de Didier Drogba frenando la guerra civil en su país, Costa de Marfil, hace menos de diez años gracias al fútbol. Utilicemos el fútbol sensatamente, con el fin de desarrollar y hacer avanzar las sociedades. Su relevancia cada día es mayor y, como sostenido anteriormente, ya es una institución geopolítica de pleno derecho. Volviendo a la pregunta inicial, se puede afirmar que, en efecto, el fútbol es el deporte rey y también un nuevo arma geopolítica.

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