El sueño de un dictador benévolo no es la única opción para enfrentar nuestras crisis a largo plazo. La democracia ha tomado muchas formas y se ha reinventado muchas veces, desde la democracia directa de los antiguos griegos hasta el auge de las democracia representativa en el en el siglo XVIII.

La próxima revolución democrática, una que empodere a las futuras generaciones y descolonice el futuro de habitantes extraños, –es decir, políticos sin escrúpulos apegados a intereses espurios– bien podría estar en el horizonte político.

Muchos políticos a duras penas ven más allá de las próximas elecciones y reaccionan de acuerdo a la más reciente encuesta de opinión o tuit.

Los gobiernos prefieren soluciones rápidas, como encarcelar más criminales en lugar de abordar las causas sociales y económicas más profundas del crimen. Las naciones discuten alrededor de mesas de conferencias, enfocándose en sus intereses a corto plazo, mientras que el planeta arde y las especies desaparecen.

La temporalidad de la política democrática moderna es absolutamente obvia.

Fallas de los sistemas democráticos

Empecemos con el quid del problema. Es común afirmar que el cortoplacismo actual es simplemente el producto de las redes sociales y otras tecnologías digitales que han acelerado la marcha de la vida política. Pero la fijación en el ahora tiene raíces más profundas.

Uno de los problemas es el ciclo electoral, una falla inherente en el diseño de los sistemas democráticos que produce horizontes políticos de corta duración.

Los políticos pueden ofrecer tentadoras exenciones tributarias para atraer votantes en la próxima contienda electoral, mientras ignoran los problemas a largo plazo de los cuales escasamente pueden sacar poco capital político inmediato, como lidiar con la descomposición ecológica, la reforma de las pensiones o la inversión en la educación infantil temprana.

En los años 70, esta manera miope de plantear políticas se conoció como el “ciclo económico político”.

A eso se le agrega la habilidad de los grupos de interés especial -particularmente las corporaciones- de usar el sistema político para asegurarse de obtener para sí mismos beneficios a corto plazo, mientras transfieren los costos a largo plazo al resto de la sociedad.

El abrumador desafío que enfrentamos es reinventar la democracia misma, superar su cortoplacismo inherente y abordar el robo intergeneracional que subyace en nuestra dominación colonial del futuro. Cómo hacerlo es el desafío político más urgente de nuestro tiempo.

El “dictador benévolo”

Algunos sugieren que la democracia es tan miope que estaríamos mejor con “dictadores benévolos”, que tengan una visión a largo plazo de las múltiples crisis que enfrenta la humanidad en representación de todos nosotros.

El destacado astrónomo británico Martin Rees, ha escrito que frente a los desafíos críticos a largo plazo como el cambio climático y la proliferación de armas biológicas, “sólo un déspota iluminado podría promulgar las medidas necesarias para navegar el siglo XXI con seguridad”.

Cuando se le preguntó si estaba ofreciendo una dictadura como una fórmula política seria para lidiar con el cortoplacismo, el respondió, “realmente, era medio en serio”.

Luego dio el ejemplo de China como un régimen autoritario, increíblemente exitoso en planear a largo plazo.

Empoderar a los ciudadanos

Varios países ya se han embarcado en experimentos pioneros para empoderar a los ciudadanos del futuro. Un argumento sólido es reinventar la democracia representativa para que supere su sesgo del aquí y ahora. 

Un movimiento japonés llamado Diseño Futuro aspira a establecer un Ministerio del Futuro que haga parte del gobierno central y un Departamento del Futuro que funja dentro de todos los gobiernos de autoridad local.

Su misión sería implementar un modelo de asamblea ciudadana, para diseñar políticas consistentes y edificantes para preservar a la denominada “septima generación en el futuro” (a unos 150 años).  

1 COMENTARIO

  1. Efectivamente D. Carlos, nuestros políticos actuales, sean del color que sean, tanto por sus discursos, debates, como por sus trayectorias y ética moral, hacen cada vez más difícil sintonizar con sus mensajes, ideas o propuestas efímeras.

    El pasado día 16 de abril se emitió por TVE un debate a 6 para las elecciones. Me quedé atónito. No podía dar crédito a lo que estaba viendo y escuchando. Me pareció un verdadero insulto, sentí vergüenza por el espectáculo que nos estaban ofreciendo, intentando persuadir y manipular para conseguir el máximo de puntos para ser merecedores “del premio”.

    Si realmente este es el nivel demostrado por los políticos invitados a ese debate, pretendiendo dirigir nuestro país España, temo que no vamos bien encaminados. Probablemente el formato empleado para dicho debate no haya sido el más adecuado y por ello contribuyó al resultado de mi reacción y conclusión presentada.

    Probablemente, lo primero es reinventarnos a nosotros mismos. Si queremos cambiar las cosas tendremos que cambiar nosotros, nuestros pensamientos. Así la forma de ver las cosas cambiaran, y nuestras acciones también.

    Visto lo visto ¿Qué alternativas o soluciones hay? Desde mi punto de vista, equivocada o no, intuyo dos: Revolución o Evolución.

    La primera es muy delicada, causa de confrontaciones y víctimas. Casi nadie lo queremos. Pero llegados a una situación extrema y sin salida, nuestros pensamientos y reacciones podrían desencadenar en lo no deseado.

    La segunda: Evolución es la más aconsejable, lleva su tiempo, constancia y trabajo. Para ello hay que comenzar de inmediato, compartiendo desde la más temprana infancia, conocimiento, valores, ética, igualdad, justicia, honestidad, pensamiento critico, libertad. Por desgracia factores, olvidados en la actualidad.

    Siendo así ¿Porque no se hace? ¿Acaso no interesa que el pueblo tenga conocimiento, haciéndonos dóciles y temerosos, para gobernarnos y dirigirnos al antojo de intereses de un puñado de políticos.

    Sencillo no es, pero imposible tampoco. Mientras haya ganas de trabajar por ello y paciencia, tendremos que esperar unas cuantas generaciones, como los japoneses.

    La mayor amenaza para el hombre, es el hombre mismo.
    En el fondo, casi todas las religiones o políticas son buenas. El problema es el uso, interpretación o fines utilizados.

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