El honor y la ética de los políticos suecos

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Raúl Sánchez Pool

Los países nórdicos han llevado al Estado del Bienestar hasta sus cotas más altas, convirtiéndose así en un paradigma para el resto de las naciones. En Suecia, un país que goza de uno de los mayores níveles de vida de la Unión Europea, sus diputados, sin embargo, desarrollan su actividad en la más estricta austeridad.

Tal como usted puede leer en un amplio reportaje que dedicamos en este número de Style International, los parlamentarios suecos no se pueden subir el sueldo, no tienen pensión vitalicia y ejercen su servicio como diputados en despachos de pequeñas dimensiones, y sin la ayuda de asesores.

Se rigen por un extricto código ético que se les entrega nada más iniciar su labor. Este regula, entre otras cuestiones, sus gastos y medios de transporte, donde se recomienda utilizar siempre el servicio público.

Los coches oficiales son pocos y tienen uso limitado. El parlamento sueco posee solo tres vehículos. Una flota que está a disposición del presidente y sus tres vicepresidentes con motivo de actos oficiales. En Suecia, el único político que tiene derecho a coche de forma permanente es el primer ministro.

Desde la redacción del periódico nos ha parecido procedente ofrecer a los lectores este interesante reportaje por el contraste que pone de manifiesto en comparación con el modus vivendi de sus homólogos europeos y mundiales.

Porque detrás de esta austeridad se encuentra un concepto de servicio público radical, que trasciende a la mera exposición de su día a día.

En este sentido, el honor de ser los representantes de una nación, de defender unas ideas, de querer lo mejor para el país y sus conciudadanos debiera ser suficiente para gratificar la labor de un diputado electo.

Con esto no quiero decir que los parlamentarios no deban recibir un sueldo acorde a su relevante cargo, sino que su actividad sea vista en definitiva como un servicio público más, al igual que sucede con los funcionarios. Una cuestión que a los políticos actuales demasiadas veces se les olvida en su afán por hacer carrera dentro del partido.

Porque no hay precio que pueda pagar el privilegio de diseñar el futuro de un país ni estar al servicio de sus ciudadanos. Esto posee un valor incalculable. No en vano, para los cristianos servir es una virtud a la cual está destinado el hombre.

En definitiva, se trata de una visión que va más allá del cortoplacismo, que eleve la mirada del político y le sitúe a la altura del ciudadano. Porque si no sabe lo que le ocurre, ni lo que le cuesta tomarse un café poco puede hacer para desarrollar una política real.

Además si entiende la labor política por encima de los periodos electorales buscará soluciones a largo plazo que den respuestas a los desafíos que afrontan los Estados y sus ciudadanos.

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