José Francisco Serrano Oceja, profesor de la Universidad CEU San Pablo y director del programa la Alacena Global en Radio Internacional.             

Los moldes de la Iglesia no encajan con la personalidad del Papa Francisco, un Papa que rompe esquemas. Es cierto que no se sale del guión del Evangelio. Pero sus palabras y sus gestos comienzan a provocar un cierto nerviosismo, crecen los opositores, incluso a algunos se les hace cuesta arriba. El Papa Francisco, el primer Papa latinoamericano, ha cambiado la perspectiva. No mira desde el centro, desde Roma, desde Occidente. Mira desde las periferias, no solo las físicas, también las existenciales: las del pecado, las del dolor, las de la injusticia o las del pensamiento que no encaja con la tradición, con la costumbre, con lo que siempre se ha hecho. Es un pastor misionero que prioriza a las personas más vulnerables, como los refugiados de la guerra siria o los “dreamers” de Estados Unidos –800.000 personas que llegaron ilegalmente al país siendo niños y que ahora podrían ser deportados-.

El Papa se ha convertido en el indiscutible líder mundial. Critica que el 2% de la población concentre la mitad de la riqueza, mientras 800 millones de personas viven en la pobreza extrema. “Cuando el capitalismo hace de la búsqueda de beneficios su único objetivo, se convierte en una estructura idolátrica. El mejor modo de no convertir el dinero en un ídolo es compartirlo”, dijo en una audiencia con más de mil empresarios en el Vaticano. 

El Papa tiene sus obsesiones, por ejemplo, la lucha contra la corrupción. Varias veces ha repetido que “además de constituir un acto ilegal, es un acto que niega la ley básica de la vida: la ayuda recíproca”.

Con su forma de tratar a las personas, que es más importante para él que tratar las ideas, rompe también esquemas. Quién no recuerda cuando dijo: “Si una persona es gay y busca al Señor y está dispuesto a ello, ¿quién soy yo para juzgarla?”. “La gente no debe ser definida solo por sus tendencias sexuales”, ha afirmado reiteradas veces.

El Papa está respondiendo a los grandes retos del futuro, no solo del cristianismo, también de la humanidad. En un momento en que los avances científicos aplicados a la naturaleza interpelan a la fe respecto a cuál es el papel del Dios creador, el Papa plantea una reflexión sobre lo más inmediato de la creación, que es la relación del ser humano con el hábitat. De ahí su pasión por el ecologismo.

Su política nace de la mirada de los pobres. “Si el Papa sigue así volveré a rezar y regreso a la Iglesia”, dijo Raúl Castro con ocasión de la mediación que el Pontífice realizó entre el presidente de Cuba y el de EE.UU. Su geopolítica es la del servicio. De ahí el reciente acuerdo en China, donde después de setenta años de relaciones congeladas por la represión de Mao Zedong a los católicos, se ha firmado un acuerdo entre el Vaticano y el Gobierno de Xi Jinping en cuanto al nombramiento de obispos de la Asociación Patriótica Católica China y de la Iglesia de Roma.

El Papa Francisco es un Papa conciliador que rompe esquemas en un mundo en el que parece que todo está hecho, que no hay novedad, que no hay esperanza y que la realidad no puede cambiar. Sin embargo, el Papa nos dice aquello de “Armen lío”. 

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