Rebeca Viguri

Coronada con 25 años, reinó 45, gobernó primero sobre Inglaterra e Irlanda y posteriormente también sobre las nuevas colonias de América del Norte. Declaró la guerra a España, Francia y los Países Bajos, se rebeló contra el Vaticano, se batió como un soldado y con la misma elegancia lució gemas de incalculable valor en la Corte. El mundo la conoció como Isabel I, quinta y última monarca de la dinastía Tudor. Apodada la reina Virgen, por su negativa reiterada a contraer matrimonio, se declaró siempre “casada con Inglaterra”. 

Distinguida, inteligente, osada, pelirroja, políglota –hablaba latín, griego, inglés, francés y español–, fiera, leal y justiciera, es uno de los iconos reales femeninos de todos los tiempos. Pocos reinados han sido más largos que el suyo (1558-1603). Fue un hito en el siglo XVI, cuando la inestabilidad política era mayor y la esperanza de vida, menor, sobre todo teniendo en cuenta el increíble número de envenenamientos y ejecuciones en el seno de las casas reales.

Hija del insaciable Enrique VIII–se casó seis veces– y su tercera mujer, la polémica Ana Bolena–que murió decapitada en la Torre de Londres–, Isabel I lució entre la gloria y el lujo una rosa de diez pétalos –cinco blancos en el centro y cinco rojos en el exterior–, que constituía el emblema Tudor, resultante de la unión entre las familias York –nívea– y Lancaster –escarlata–. Una familia regia que terminaría con ella, ya que no tuvo descendientes. A su muerte, su sobrino Jacobo VI de Escocia, fue coronado como Jacobo I de Inglaterra, instaurando así la dinastía Estuardo, que sería sustituida en 1714 por los Hannover, a la que a su vez tomaría el relevo en 1901 la Casa Sajonia-Coburgo-Gotha, que cambiaría su nombre a Windsor en 1917 y a la que pertenece la reina actual Isabel II.

En 2019, Isabel I y su prima María Estuardo están de actualidad por el estreno de la película María, reina de Escocia, que narra su rivalidad y sus enfrentamientos. Ya la escritora Margaret George trazó un impresionante retrato de la época en una novela de 800 páginas que, paradójicamente, se lee de un tirón. Ambas obras de ficción son muy recomendables para volar con la imaginación al siglo XVI.

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