LLo ha sido todo: primatóloga sin estudios, baronesa sin fortuna, madre de un único hijo, soltera en mitad de la selva, casada por una carambola del destino, divorciada por elección propia, reincidente en el matrimonio, joven con 85 años, amante de África, agitadora de conciencias en Europa… Y desde el pasado diciembre también es doctora honoris causa por la Universidad Complutense de Madrid. Así de completa, sorprendente y audaz es esta británica de rasgos infantiles, lengua audaz y maneras de niña bien, que no enmascaran a una mujer inquebrantable como un diamante e incandescente como una brasa.

Criada en la campiña de Bournemouth por una madre inteligente y comprensiva, con un padre militar ausente, Goodall tomó a los 23 años la decisión de estudiar a los chimpancés salvajes. Ayudada por el doctor Louis Leakey, se trasladó a Tanzania en 1960 con su madre, su ingenuidad y su inquebrantable voluntad de llevar a cabo sus sueños.

Derek Bryceson/National Geographic Creative)

Después, su madre volvió a Inglaterra, el doctor Leakey la dejó volar sola y National Geographic le envió un fotógrafo para documentar su trabajo. Se llamaba Hugo Van Lawick, era un aristócrata danés y llegó a ser uno de los mejores fotógrafos del siglo XX. También su marido. Con él tuvo en 1967 a su único hijo –al que crió en la selva hasta que sintió que debía socializar y lo envió con su madre a Londres–. Con él también vivió una bonita historia de amor y sufrió que la revista cancelara el patrocinio de su trabajo de campo. De él se separó en 1974 cuando Van Lawick fue contratado para trabajar en Kenia y ella no lo dejó todo para seguirle, sino que continuó con su proyecto con los gorilas. “A los hombres les gusta que una mujer les siga y los acompañe dando preeminencia a lo que ellos anhelan”, le escribió su madre a una Jane abrumada por las dudas ante qué decisión tomar. Acabó tomando la suya propia: seguir su camino pagando el precio que exigiera. 

En 1975 se casó con Derek Bryceson y en 1980 afrontó su muerte a causa del cáncer como otro revés del destino. En 1986 sintió la necesidad de llevar el mensaje de defensa animal por el mundo y desde entonces viaja 300 días al año dando conferencias, recibiendo galardones, organizando actos benéficos y dando a conocer la importancia de escuchar al planeta y convivir en paz con el resto de las especies.

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