La Demarquía

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Albert Einstein advirtió hace 55 años sobre la corrupción estructural propia del sistema de partidos políticos. El “yo”, egoísta e interesado, de la mayoría de los políticos contemporáneos ha degenerado en una inquietante desconfianza hacia su discurso y posteriores acciones. El hartazgo es creciente. Ciertos sectores de la sociedad cuestionan la forma de elección y empoderamiento de esta clase política. ¿Habría que reinventar la democracia?

Repasando el pensamiento de padres de la democracia como los atenienses Clístenes, Pericles, Herodoto o filósofos y juristas como Rousseau o Montesquieu, encontramos una forma de gobierno en la cual el Estado es controlado por ciudadanos elegidos aleatoriamente.

Se trata de la demarquía o estococracia. Es decir, de una democracia realizada por sorteo, suprimiendo las elecciones y los partidos políticos pero capacitando a todo el pueblo para que cualquier ciudadano esté en condiciones de ser útilmente elegido.

Estos individuos o grupos formarían todos los cuerpos no técnicos es decir, los que no exigen formación profesional especializada en los Poderes Ejecutivo y Legislativo. De este modo, tomarían todas las decisiones sobre políticas públicas.

En este sentido, el Poder Judicial del Estado (los jueces), que es considerado una carrera especializada de los magistrados, se vería excluida del sorteo para cubrir los cargos.

La demarquía, democracia estocástica o estococracia intenta superar algunos de los problemas funcionales de las democracias representativas convencionales. Estas, en la práctica, han estado sujetas a la manipulación por parte de intereses especiales y plantean una división entre políticos profesionales (incluyendo en esta categoría a quienes forman parte de los grupos de interés o lobbies) y un electorado básicamente pasivo, descomprometido, no muy implicado y a menudo desinformado.

La elección aleatoria de los decisores de las políticas haría más fácil al común de los ciudadanos el participar de modo significativo y dificultaría a quienes tienen intereses especiales, el corromper el proceso.

La demarquía o estococracia, al elegir a los gobernantes por sorteo, de su número de documento, con posterior deselección de los legalmente incapaces, aseguraría la representatividad de todos los grupos, etnias y parcialidades.

Como hace veinticuatro siglos lo señalaba el pensador y político ateniense Isócrates (436–338 a. C.), la estococracia exigiría mejorar la calidad de los gobernantes, la preparación general de la población y la difusión cultural para todos, con lo cual se generaría un cambio social positivo aunque la mayoría de los ciudadanos no llegase jamás a gobernar.

Además, la estococracia procura eliminar todo el sistema de partidos políticos, así como los gastos electorales y los compromisos de los gobernantes con quienes hubieran aportado mucho dinero para sus campañas.

Estas se suprimirían. La estococracia se dirige también a eliminar los privilegios, a veces sumamente generosos, que se autoconcede la denominada «clase política»; y a limitar la influencia de políticos individuales durante grandes períodos (décadas), permitiendo tan larga duración sólo para los cargos técnicos.

Por eso, en caso de infringir las normas algún gobernante estococrático, este sistema político prevé enjuiciar efectivamente a los funcionarios individuales sin que un partido político, al que el mismo perteneciera, lo defienda obrando como grupo de presión sobre los jueces. Dicho en otras palabras, procura evitar la impunidad política por delitos cometidos durante la gestión de los gobernantes.

La democracia ateniense tenía elementos similares a los de la estococracia o demarquía, ya que la mayor parte de los cargos eran elegidos por sorteo. Algunos empleos limitados de la estococracia aparecieron en la antigua Roma, en algunos segmentos reducidos del gobierno de la Iglesia, en las repúblicas italianas de Florencia y Venecia, así como en los procesos de insaculación efectuados en Aragón, Castilla y León en España, y en Suiza.

Montesquieu la defiende en el Capítulo 2 de El Espíritu de las Leyes, publicado en 1748, destacando que «El sufragio por sorteo es de la naturaleza de la democracia, mientras que el sufragio por elección es de la naturaleza de las clases burguesas o lobbies de poder». Tras los anteriores razonamientos, para algunos, utópicos; y para otros, beneficiosos: usted, ¿en qué grupo está?

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