La independencia judicial y su levedad

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Ana Blanco, Socia Directora de Vázquez de Prada

Solo en las sociedades democráticamente enfermas los jueces se mueven al vaivén que tocan el poder o las masas. Nos ha costado muchos siglos y se cortaron muchas cabezas en la revolución francesa para lograr engrasar la maquinaria de la división de poderes que asegure la libertad y la mejor justicia.

Porque la justicia absoluta no existe, y a la ciudadanía le corresponde presionar al poder legislativo a través del consenso en el parlamento, mientras la libertad de prensa nos informa de lo que está ocurriendo y los jueces “intentan” aplicar las leyes de una forma justa. 

Hace escasos meses pudimos asistir al “linchamiento” popular del juez que dictó el voto discrepante del caso de “La Manada”, con quien no estoy en absoluto de acuerdo,  pero a quien aplaudo por haber tenido la valentía de emitir un pronunciamiento tan escrupulosamente estudiado y tan impopular, por el que se le ha insultado, vituperado y denostado hasta los límites de la injusticia.

También el juez Pablo Llarena sufrió los ataques de independentistas descontentos, que le increparon, amenazaron e insultaron mientras cenaba, y tuvo que salir escoltado por la policía mientras los improvisados “escrachistas”  golpeaban su coche al  más puro estilo “Siciliano”, y el Ministerio del Interior tuvo que reforzar el servicio de escoltas para miembros de la Judicatura.

En el mismo orden de cosas, se ha intentando tumbar a la ministra de Justicia por unas desafortunadas, o acaso intolerables, conversaciones privadas con el excomisario Villarejo y el ex juez Garzón, mientras la entonces Fiscal en ejercicio, según dicen los diarios, revelaba una vena homófoba o dudosamentente ética.

Y no es que sea grave lo que se habla en una conversación privada sino con quien se habla, porque el relajamiento de la conversación denota gran cercanía y, aunque yo creo a la ministra, somos pocos los que lo hacemos.

Por eso debemos terminar con esa puerta giratoria por la que transitan jueces y fiscales de la política a la toga y tiro porque me toca. No olvidemos que la justicia no solo debe ser imparcial sino parecerlo, y resulta algo chocante, más que nada porque la política suele ser de derechas o de izquierdas pero nunca imparcial, y eso está feo en un juez o un fiscal porque genera desconfianza.

No niego que el ego de los jueces a veces me crispa, y en la arena del litigio me enfrento a ellos con facilidad, pero me preocupa la “violencia” anti-poder judicial que corre en los tiempos que vivimos. Me preocupan los juicios mediáticos sustentados por el poder y el dinero, o los que sin estar financiados alientan a las masas enfurecidas a salir a la calle pidiendo sangre, porque me asusta que los jueces tengan miedo y dicten sentencias de protección.Como me dijo una juez el otro día: “Señora letrada, tiene usted derecho a recurrir, que sea la Audiencia Provincial la que decida, yo no”.

Que en un Estado de Derecho la independencia judicial se vea afectada por el populacho es muy grave. Es peligroso que los jueces tengan miedo de resolver según su “sano juicio” y comiencen a resolver según “juicios mediáticos”,  porque como dijo Platón “no hay mayor injusticia que la justicia aparente”  y en la justicia la apariencia tiene que ser tan importante como la esencia.

La verdadera magia del Estado de Derecho radica en que jueces y justiciable puedan manifestar su discrepancia y su opinión, siempre que lo hagan desde el estudio concienzudo del caso concreto y de las leyes.

La magia de la Justicia radica en que el propio sistema de recursos permita que un mismo asunto  pueda ser revisado en distintas instancias, rectificando errores.

Y aunque puede haber fallos en el sistema, no se me ocurre otro mejor, porque no necesitamos “inquisidores populares” ni juicios mediáticos. 

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