Corría el siglo IV a.C. y Agnódice estaba en el banquillo de los acusados. Un grupo de médicos había presentado cargos en su contra argumentando que seducía a las mujeres que eran sus pacientes, y peor, que hasta había violado a dos, penetrándolas. 

No le quedaba más remedio. Agnódice se levantó la túnica y, sin necesidad de palabras, les dejó saber que era mujer, no hombre, como había hecho creer. Sabía que la revelación sería considerada como un delito. Les había dado la razón perfecta para ejecutarla.

PROHIBICIÓN  

En esa época estaba prohibido que las mujeres practicaran medicina. Pero no siempre había sido así. Hipócrates (460-380 a.C.), el padre de la medicina moderna, no admitía mujeres en su escuela primaria de medicina pero sí les permitía estudiar temas obstétricos y ginecológicos en sus otras instalaciones de enseñanza. 

Sin embargo, los atenienses poderosos decidieron prohibir que las mujeres practicaran la partería y la medicina, so pena de muerte.

No obstante, un gran obstáculo impidió la ejecución de la sentencia: una multitud furiosa de mujeres atenienses acaudaladas, a quienes Agnódice había ayudado, entre ellas esposas de médicos y políticos que la habían acusado exigieron su liberación. La rebelión resultó no solo en la liberación de Agnódice sino también en la anulación de la ley que prohibía a las mujeres practicar la medicina, siempre y cuando solo trataran a pacientes del mismo género.

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