La Ribera del Duero a vista de pájaro

Por Graciano Palomo

0

Los expertos sostienen que en La Ribera se regalan unas condiciones climatológicas propias que hacen de las cepas unos seres vivos con perfiles propios.

Las vides de la Ribera del Duero contabilizan una pluviometría baja (400/600 mm al año) donde sus tórridos veranos dan paso a unos inviernos muy largos y extraordinariamente fríos. 

La oscilación térmica golpea el alma de las viñas a lo largo de las cuatro estaciones. Un clima mediterráneo con la característica de la continentalidad.

De ese ciclo vital y de esas condiciones tan específicas depende la calidad del producto final embotellado o no. Dicen también que los sedimentos terciarios fecundan a los 115 kilómetros reseñados y en los que se enmarca la Denominación de Origen.

TRADICIÓN MILENARIA

Hace más de 2.000 años ya existían referencias del vino en la Región. Un mosaico descubierto en la localidad burgalesa de Baños de Valdearados, tan sólo a un puñado de kilómetros donde yo nací, así lo atestigua.

Pero pasarían muchos años hasta que los viticultores de La Ribera se percataran de que delante de sus ojos tenían oro molido de color vino.

Porque la Denominación de Origen que todo el mundo conoce hoy e incluso alardea de conocerla como un toque de distinción surge tras la iniciativa de un puñado de viticultores y bodegueros que se juntan para mantener e impulsar sus viñedos y ponerlos en referencia mundial.

La primera ACTA que aparece en los libros del Consejo Regulador tiene fecha: 23 de julio 1980. Dos años después el Ministerio de Agricultura otorga a la Ribera del Duero la Denominación de Origen y aprueba su primer Reglamento.

Han pasado 34 años. Hoy las páginas de los más importantes diarios del mundo han impreso en letra de molde su DO.

EL ARTE DE LOS BODEGUEROS

Falta un ingrediente todavía no citado en esta crónica: el trabajo. Viticultores y bodegueros dedican “full time” sus horas en las que todos los días tienen su afán.

Desde el soriano El Burgo de Osma hasta Peñafiel riendo con ese río de leyenda donde se muñía la Historia al que dieron el nombre de Duero.

Durante esas tres largas décadas hombres determinados, generosos y valientes han puesto en marcha nuevas prácticas de cultivo, han investigado manteniendo la sabiduría ancestral, si, pero también incorporando el I+D+i para conseguir y aún desbancar al Valle de Napa, los Burdeos y la vecina Rioja.

El Consejo Regulador de la D.O. Ribera del Duero, que hoy preside un gran bodeguero Enrique Pascual,  es el gendarme que avala el sello de autenticidad como función esencial y garante de lo que se compra ha nacido, crecido, madurado procede de ese lugar extraordinario creado precisamente para producir vino.

El gendarme es riguroso por lo que el consumidor debe beber con serenidad y confianza; cada botella es un pequeño hijo de tanto afán. El comprador debe saber que el Consejo vigila que cada hectárea sólo produzca 7.000 kilos de uva y en la elaboración de los vinos se utilice el correcto uso de las variedades de uva autorizadas para llevar su etiqueta. El resto lo conoce ya todo el mundo.

En la actualidad la DO Ribera del Duero tiene cobijadas bajos sus prestigiosas faldas a 280 bodegas, entre las que se encuentra las marcas Protos, Torremilanos, Pago de Carraovejas, Dehesa de los Canónigos, Matarromera, Emilio Moro y un enorme elenco de calidad reconocida en el orbe.

Carlos Moro Matarromera

LA RUTA DEL VINO

El vino también es cultura. Asi lo han entendido los entusiastas del lugar que han constituido la Ruta del Vino de la Ribera del Duero que no es otra cosa que ENOTURISMO de gran presente y aún mejor gran porvenir.

Cerca de 300.000 personas de todas las partes del mundo visitan cada año-previo pago de una módica cifra que incluye cata y botella- los muchas y extraordinarias bodegas acogidas a la DO. Su mentor ha sido Miguel Angel Gayubo un empresario arandino de enorme futuro.

El vino no es sólo un producto comercial o un toque de distinción para presumir en los círculos privativos. Es la cultura ancestral de un pueblo, en este caso el mío.

Mis abuelos –Graciano y Pedro- fueron viticultores modestos que jamás llegaron a pensar que sus cepas se instalaran en el orbe. Muchos de sus sucesores mantienen los mismos valores  que presidieron su quehacer hace casi un siglo: trabajo esforzado, conocimiento sobre la experiencia, persistencia, determinación y por decirlo todo, amor y consideración por un don de Dios.

Hoy, como ayer, al vino de La Ribera se le puede aplicar la vieja máxima de Séneca.

“El vino lava nuestras inquietudes, enjuaga el alma hasta el fondo y asegura la curación de la tristeza”       

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here