Carlos Peñaloza Presidente Ejecutivo Style International

El asunto es serio. China lucha por desplazar a EE. UU. como potencia ecónomica. La personalidad expansionista del líder Xi Jinping no se arredra. Su «diplomacia de la zanahoria», sobre todo en los países del tercer mundo, está dando sus frutos.

La construcción de infraestructuras estratégicas en estas naciones las financia y controla Pekín. Su Ruta de la Seda es imparable. Las inversiones de fondos chinos en el viejo continente y naciones punteras del denominado «Indopacífico» se acrecientan sin parar.

China, primera potencia económica
Su crecimiento económico en 2021 registrará un aumento del 8,4 por ciento. Las exportaciones alcanzarán los 2,2 billones de dólares. Su gran rival, EE. UU., crecerá un 7 por ciento y exportará por valor de 1,2 billones de dólares. Pero por si fuera poco, China ha conseguido aunar una seria modernización militar, una diplomacia en expansión y una ortodoxia fuerte en el manejo de sus divisas junto a la recepción controlada de inversión extranjera directa.

India, la nueva fábrica del mundo
India, con 1.409 millones de habitantes, pasará a ser la primera factoría del planeta. Limítrofe con China, es la séptima nación en extensión geográfica. Recordemos que muchas tecnológicas del planeta montaron ahí sus cadenas de producción.

El país de Gandhi es una potencia dentro de la industria siderúrgica y textil. Además, tiene un fuerte impulso en sectores tales como el automotriz, farmacéutico, industrial de alta tecnología, aeronáutico, electrónico e informático. India es la guinda.

Ante este panorama, Joe Biden, hombre con experiencia, está obligado a ganar la partida a China seduciendo a los dirigentes y a la poderosísima clase dominante india. Aquí juega un papel trascendente la intermediación del Reino Unido. Recordemos que esta nación fue colonia británica desde 1858 hasta 1947.

Así las cosas, nos esperan apasionantes jugadas de la diplomacia tradicional y de la «no convencional»; la de los espionajes, fake news, etc…

Por otra parte, Biden es consciente de la urgente recomposición de la Alianza Atlántica, cuestionada por Donald Trump. También, como gesto de aparente tranquilidad en su política exterior, ha programado el retiro de las tropas desplazadas a Oriente Medio y Afganistán.

EE. UU., la potencia tecnologíca y científica
Pero si China se convierte en la potencia económica, EE.UU. está obligada a ser la potencia que domine la Ciencia y la Tecnología. Es decir, la Inteligencia Artificial, la robótica, la nanotecnología, la biotecnología… Y por qué no, la seguridad del propio planeta.

Estos elementos darían a los norteamericanos un poder extraordinario. Incluso en un futuro, podrían llegar a situar a los seres humanos en Marte, por ejemplo. Eso sí, una vez transformemos su atmósfera.

¿Qué lugar ocupará Europa?
Pues tiene que superar muchas pruebas. En estos momentos la UE promueve activamente los derechos humanos, busca la reducción de emisiones para luchar contra el cambio climático y poco más. Su desorden interno es latente. Se cuestiona el modelo democrático húngaro, el polaco y, algo trascendente: la unidad de España y su actual gobierno socialcomunista, entre otros problemas. No existe una verdadera unidad política. La salida del Reino Unido ha complicado su fortaleza como bloque influyente.

El proyecto europeo adolece de líderes y mentes razonables para gestionar el presente y el futuro de sus 446 millones de habitantes.

Los países de la Unión necesitan, si me permiten, bailar al mismo ritmo. Claro, que para ir acompasados, se requiere un sentimiento común.

Desafortunadamente, el corazón de este gran espacio geográfico y económico, cuna de la civilización occidental, no palpita con el pulso adecuado. En consecuencia, es urgente afrontar con determinación y estrategia el trepidante desafío impuesto desde la otra civilización, la oriental. La de los 5.800 años de historia.

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