Karl Lagerfeld era un témpano de hielo. Tuve la oportunidad de conocerlo hace apenas dos aňos. Yo estaba muerta de miedo porque, indudablemente, su presencia imponía mucho respeto. 

Me quedé sorprendida al observar su falta de empatía y la arrogancia de la que hacía gala en las distancias cortas. Estuvimos en la misma habitación durante un lapso de tiempo de 10 minutos que se me hicieron eternos.

En ningún momento articuló una sola palabra. No se inmutaba ante nada que sucediera a su alrededor. Tenía la cara de póker, la barbilla alta y se mostraba ajeno a las conversaciones de quienes intentaban entablar un diálogo con el director creativo de la casa Chanel. 

Fui ingenua al esperar sensibilidad o carisma de un icono de la moda. De alguien que había cambiado los cánones de belleza exigiendo una delgadez extrema, que rozaba lo enfermizo, a cada una de sus modelos. Como buen elitista era excéntrico y nada le interesaba, o al menos eso parecía.

Mi experiencia tuvo lugar en La Habana, con motivo de la presentación de la colección Coco Cruise 2016-2017 en Cuba. Suponía para mí una experiencia extraordinaria. Porque trabajar para la casa Chanel es el sueño de cualquier modelo. Para cumplirlo pasé dos meses tomando sopa, obsesionada con las medidas, esperando el “gran día”. 

Y sí fue un ¡gran día! Mi destruida Habana se vistió de gala para el show. Los acordes de la música de Ibeyi hechizaron el Paseo del Prado. Tuvimos nuestro minuto de fama irreal entre la elite de la moda.

Por algunos días la Habana parecía Paris.

Lupe Blazquez, Modelo, Digital Marketing Manager.

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