Naruhito y Masako: la sencillez

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El nuevo emperador de Japón tiene la difícil misión de mantener el equilibrio entre las tradiciones de una institución con dos milenios de antigüedad y su voluntad de acercar a la familia imperial a la realidad actual. En este camino debe proteger a Masako, víctima de la rígida vida cortesana.

Nacido el 23 de febrero de 1960, Hiro (su ‘nombre de infancia’) fue el primer príncipe que creció bajo el mismo techo que sus padres, en lugar de ser educado por institutrices y tutores. Su madre, primera princesa plebeya, insistió, pese a la oposición de la corte imperial, en criar ella misma a sus tres hijos.

Un emperador insólito
En la década de 1980 Naruhito cursó estudios post-universitarios en Oxford (Reino Unido). Esta etapa fue «una de las mejores de su vida». Era asiduo de los debates académicos y frecuentaba los pubs locales.
Después, estudió Historia y Humanidades en la Universidad tokiota de Gakushuin, una elección «difícil» y «poco habitual» en la Familia Imperial.
En 1993, se casó con Masako Owada, nacida en 1963 en una familia de diplomáticos y formada en las universidades de Harvard y Oxford.
Esta mujer políglota, acostumbrada a recorrer el mundo, renunció entonces a una prometedora carrera diplomática para entrar en la familia imperial tras la celebración de una ceremonia sintoísta.

Presión de la corte
Pero a Masako le costó soportar una existencia sometida a las estrictas reglas de la Agencia de la Casa Imperial y su salud se resintió. Entre otras cosas, sufrió una enorme presión para tener un hijo, ya que la sucesión imperial en Japón es patrilineal.
El estrés aumentó cuando, en 2001, dio a luz a una niña, la princesa Aiko, única descendencia de la pareja. La imposibilidad de tener hijos varones sumió a Masako en una profunda depresión.

Factor determinante
Convertidos en los nuevos emperadores, los expertos en la Familia Imperial destacan el hecho de que tanto Naruhito como Masako hayan vivido y estudiado en el extranjero como uno de los principales factores diferenciales que podrían determinar su forma de desempeñar el cargo.

Símbolo de unidad
Esto les otorga «una gran base» para «adaptarse a una sociedad nipona cambiante donde cada vez hay más inmigrantes y más diversidad cultural», y para ser capaces de «unir al pueblo aunque existan valores diferentes», argumenta el periodista Kazuo Okubo.
En este contexto, Naruhito hereda una función simbólica con funciones políticas casi nulas.
De acuerdo con la Constitución, de 1946, el emperador es sólo «el símbolo del Estado y de la unidad del pueblo». Representa al Estado, pero no tiene «otras facultades de gobierno», según la Carta Magna.
Sin embargo, este emperador ha transformado este símbolo en un ser humano.

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