Acabada la Segunda Guerra mundial, y casi cuatro años mas tarde, el 4 de abril de 1949, se firmó en Washington el Tratado del Atlántico Norte que promovió la creación de una alianza supranacional con fines militares, que pudiera hacer frente a futuras amenazas tras el final de la Gran Guerra Mundial. 

Este mes se cumplen 70 años de aquel hito en las relaciones internacionales del siglo XX, que superaba ampliamente el formato de triples o cuádruples alianzas de las décadas anteriores e incorporaba a una docena de países que compartían la necesidad de desarrollar el artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas: “Ninguna disposición de esta Carta menoscabará el derecho inmanente de legítima defensa, individual o colectiva, en caso de ataque armado contra un Miembro de las Naciones Unidas”. 

Un interés común entre Europa y Estados Unidos, para rearmarse ante una nueva posible amenaza común, que no era descabellado pensar que se pudiera volver a producir en el momento en que se gestaba la política de bloques. 

Berlín sufría el histórico bloqueo, ocurrían sucesos muy preocupantes en Praga y estaba en ciernes el Pacto de Varsovia.

La cita del aniversario no llega en un momento dulce para la Alianza Atlántica. 

La administración de Donald Trump lleva dos años cuestionando la utilidad de la misma con el argumento del ‘América First’, alegando que no pueden seguir pagando los ciudadanos estadounidenses la seguridad de todos los socios del club. 

Donald Trump no quiere seguir protegiendo a Europa si ésta no demuestra con claridad y con hechos que se compromete a aportar lo que se le requiera. 

El gasto militar que exige Trump a los socios de la Alianza (hasta llegar a un 2% del PIB) llega con cuentagotas, pero llega. 

Alemania gasta en la actualidad poco más del 1% aunque el gigante germano es el único aliado que tendría pocos problemas para doblar su presupuesto militar. 

Otros gobiernos, como el español, harán lo posible y lo imposible para evitar que haya publicidad a un aumento en defensa que, sobre todo antes de las elecciones del 28-A, puede restarle apoyos. 

Pero elevar el gasto militar del 0,9% actual al 2% es una decisión política que, y que no encaja en la visión del mandatario socialista y que cuando pueda tener presupuestos propios, Sánchez debe acometer si es que sigue siendo presidente del Gobierno, sin comprometer la posición geopolítica española. 

Otra cosa será cómo convence a quienes serían sus potenciales socios más a la izquierda que el PSOE para que voten a favor de ese aumento presupuestario. No vemos a los dirigentes de Podemos, saludar a la bandera de barras y estrellas. 

La historia de los dos últimos años de la Alianza es la historia de un desencuentro, que nadie imaginaba teniendo en cuenta el perfil de los gobiernos de Obama. 

Poco antes de la llegada de Trump a la presidencia, la OTAN y la UE habían impulsado en Bruselas casi medio centenar de acciones conjuntas para cooperar en la seguridad de sus países, especialmente destinadas a los ciberataques y la guerra híbrida. 

Eso ocurrió en diciembre de 2016, y sólo tres semanas después se inauguraba el mandato de Trump en la escalinata del Capitolio. Todo cambió.

El giro unilateralista comenzó con la denuncia del acuerdo nuclear en Irán y continuó con la renuncia a seguir adelante con el TTIP, el acuerdo comercial a gran escala con la UE. 

En materia de seguridad, nunca en estas casi siete décadas de experiencia defensiva común se había escuchado a un canciller alemán decir que Europa ya no puede confiar en la ayuda de Estados Unidos para protegerse. Merkel lo dijo en la primavera de 2018. 

Podrá cambiar todo, podrá cambiar algo en la OTAN, pero nunca será igual esta relación que antes de llegar el empresario neoyorkino a la presidencia.

Veintidós países son miembros de ambos clubes, OTAN y UE. 

Los recelos de Norteamérica hacia el continente europeo no son nuevos, pese a todo. “La vieja Europa”, que decía el entonces jefe del Pentágono Donald Rumsfeld. 

Otro dirigente ridiculizaba unos años antes la ancestral burocracia europea lamentándose de no saber a qué teléfono llamar cuando se intenta hablar con quien manda en Europa. 

Pero lo cierto es que a los norteamericanos siempre les ha interesado estar aquí, en la viaja Europa, con sus bases y su dominio geoestratégico. 

La inestabilidad en Europa, que derivó en dos conflictos bélicos a escala global en el siglo XX, es algo que interesa evitar a EEUU y por eso obtiene muchas ventajas y contrapartidas de su papel de ejército principal de la OTAN.

Los jefes de Estado o de gobierno no estarán en Washington. 

De la reunión que sus ministros celebrarán en la capital federal para conmemorar el aniversario cabe esperar objetivos aproximados a estos:  

Reforzar la política común de seguridad y defensa, el primer mandamiento de la OTAN.

Reforzar el vínculo transatlántico, tan necesario y que tan poco parece importar al presidente estadounidense.

Integrar aún más a Turquía ahora que la oposición turca empieza a abrir grietas en el poder del todopoderoso Erdogan.

Garantizar la estabilidad de países vecinos a la UE, como los del norte de África, contando con los recientes episodios de inestabilidad en Argelia y Libia, entran dentro de una estrategia de protección que garantizara resultados defensivos y sociales.

Relanzar la seguridad, libertad y prosperidad económica de los socios, pasara por un fortalecimiento del tratado y por una decisión en firme de acometer en la Unión Europea, una estrategia, un plan un ejército y un presupuesto Europeo, para no perder la posición de liderazgo del amigo americano.

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here