Salvemos a los niños

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Yo no soy dudosa, mi marido es catalán y adoro Cataluña aunque soy aragonesa de madre castellana y padre navarro. Mi marido es de origen noruego, habla en catalán con su madre una ancianita de 94 años barcelonesa de pura cepa y sus dos hijos, en castellano con los demás. 

Todos son plurilingües, hablan castellano catalán francés inglés y  Alemán, y así en esta variedad lingüística y territorial discurren nuestras vidas, sin ningún tipo de problema ni encontronazo, sin necesidad de lazos amarillos ni signos distintivos. Y cuando algunos conocidos me preguntan por qué yo no hablo catalán les contesto que tampoco hablo “fabla aragonesa”, que el idioma sirve para comunicarse y, si en mi familia todos nos comunicamos perfectamente, prefiero invertir mi tiempo en aprender otra cosa.

Margarita Santana sin embargo es madrileña de madre gallega, y también habla varios idiomas, que enseña a sus hijos. Así la pequeña de cuatro años, que estudia en un colegio británico con total naturalidad presume de hablar el “idioma gallego”, porque su abuela le ha enseñado a decir “queroche moito”.

Marga y yo nos conocimos en estrados, eran más de 20 abogados y enseguida reconocí su idioma, esa lengua que hablan los buenos procesalistas multidisciplinares desde el trabajo duro y la minuciosidad. Éramos muchos pero enseguida hubo sintonía, hablábamos la misma jerga. Desde entonces juntas nos expresamos, trabajamos y reímos, porque la risa es una lengua internacional, y a buen entendedor no hay barreras lingüísticas.

Hemos leído varios artículos en qué el Defensor del Pueblo habla del aleccionamiento de las escuelas, al parecer 28 quejas y denuncias de la AEB contra un centenar de centros escolares y, ha matizado que, “aunque fueran muy contados los casos de supuesto adoctrinamiento” su existencia “debería preocuparnos a todos extraordinariamente”. 

Los niños y jóvenes son el bien más sagrado que tiene la sociedad, pero estamos en contra de que se trasladen las ideas políticas a los niños. Contaminar el principio de pluralidad que debería estar presente  en los centros educativos y en la mente de nuestros hijos es un sacrilegio. Coincidimos con el Defensor del Pueblo en que a los niños hay que “enseñarles a pensar” evitado  inculcarles lo que “deben de pensar”.

La libertad de expresión y pensamiento son patrimonio de la humanidad, los artículos 16 y 20 de la Constitución Española garantizan ese derecho a difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio. Mientras, el artículo 19 de la Declaración de Derechos Humanos reconoce la libertad siempre que no se convierta en incitación al odio, difamación, calumnia, obscenidad, pornografía o sedición. Por eso deberemos respetar la diversidad y libertad individuales de los niños, para que de adultos puedan desarrollar sus propios caracteres, opiniones, y modos de conducta.

El sentido común no es fruto de la educación pero la educación sí debe de ser fruto del sentido común y, el aprendizaje es un tesoro que sigue a su propietario durante toda la vida. Las ideologías pueden ser permanentes o pasajeras, verdaderas o falsas, pero en cualquier caso deben de limitarse al patrimonio de los adultos, porque los niños no tienen libertad de elección, los mayores deciden por ellos, y cualquier tipo de limitación en un mundo global carece de sentido. 

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