Mente y universo: dos grandes misterios

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Carlos Peñaloza

Predecir el futuro es muy delicado, difícil, temerario. Solamente apoyándonos en la tecnología y la ciencia, sin desviarnos del verdadero sentido filosófico de la existencia, se pueden vislumbrar escenarios en los que las futuras generaciones de seres humanos se enfrenten a su destino fuera del planeta Tierra. Pero ¿podrá vivir algún día el hombre en otros mundos?

Todo hace prever que si logramos sobreponernos a nuestra autodestrucción, tendremos la oportunidad de habitar y desarrollarnos, gradualmente, como civilización en confines exteriores.

Los cada vez más edificantes caminos de la creatividad a través de la inteligencia artificial, la robótica, la nanotecnología, la biotecnología son los soportes que nos situarían habitando, en un principio, Marte. Una vez, eso sí, transformemos su atmósfera. Este planeta contiene dióxido de carbono con oxígeno suficiente para el hombre. También hay agua, pero habría que asentarse en refugios para protegerse de la radiación.

El científico Adam Frank, profesor de Astrofísica de la Universidad de Rochester (Nueva York), indica que la expansión proseguiría evolucionando en otros mundos “utilizando los asteroides y cometas como fuente de recursos naturales”.

Pero no todos los humanos, podrán viajar a esos “barrios” o confines del universo. Ese privilegio, si es que de verdad lo es, solo lo experimentarán las personas capaces de alterar su propio diseño biológico y corregir la decadencia preprogramada de sus células, mediante la ingeniería genética.

De esta forma, estos viajeros se aproximarían a un estado físico y psicológico superexcepcional que les permitiría soportar los vuelos espaciales tripulados de muy larga duración y la posterior permanencia en esas latitudes.

Avancemos más: Incluso algunos físicos se atreven a predecir que no serían necesarias las naves espaciales dado que nuestra conciencia se podrá reducir a una serie de patrones de neuronas conectadas en nuestros cerebros, que serán codificados, digitalizados y trasmitidos mediante luz láser a otros sistemas estelares, donde esa conciencia codificada se descargaría en máquinas o en cuerpos biológicos.

El físico y divulgador científico Dr. Michio Kaku, (San José, California 1947), en su libro El futuro de la humanidad, hace un relato sobre galaxias, tecnología y el devenir de nuestra especie aseverando que el destino yace en las estrellas, no por nuestra curiosidad o pasión por los viajes, sino para asegurarnos nuestra propia supervivencia.

Las edades de hielo, los impactos de asteroides, la capacidad de carga finita de la Tierra e incluso la futura muerte del sol son algunas de las amenazas existenciales que pueden destruir a la humanidad. Así que, o abandonamos la Tierra o deberemos asumir la idea de nuestra inevitable extinción como especie.

El Dr. Kaku nos describe también robots autorreplicantes, nanomateriales y cultivos de bioingeniería que permitirán a la humanidad terraformar Marte; las naves nanométricas, las velas láser, las máquinas de fusión ram-jet, los motores antimateria y los cohetes hiperimpulsores que nos llevarán a las estrellas; y al igual que su colega el profesor Frank, prevé avances radicales en el ámbito científico que alterarán nuestro cuerpo para así sobrevivir al largo y agotador viaje de  la conquista del espacio.

Los retos por lo tanto son grandiosos. Todas estas predicciones tan apasionantes se inscriben en un marco que, desafortunadamente, aún no podemos desentrañar: el de la mente y el universo, los dos mayores misterios de la naturaleza.

Gracias a nuestra avanzada tecnología, hemos sido capaces de obtener imágenes de galaxias situadas a miles de millones de años luz, manipular los genes que controlan la vida e introducirnos en el santasanctórum del átomo. Sin embargo, la mente y el universo siguen siendo tan esquivos como seductores. Son las fronteras más misteriosas y fascinantes de la ciencia.

Porque cuando apreciamos la majestuosidad del universo hay dos preguntas que no cesan: ¿de dónde surgió todo y qué significa?

¡Ah! Olvidaba decirles que estas hipótesis ni Vd ni yo las podremos vivir y mucho menos constatar. Porque habitar las estrellas, según el Dr. Kaku, podría ser dentro de unos 2.000 años. O más.

1 COMENTARIO

  1. Recordando nuestro pasado y viviendo nuestro presente, podemos predecir de manera no muy clara, el futuro lejano de nuestra civilización.

    Teniendo en cuenta el hecho evidente del cual, por mucho que cambiemos nuestra actitud frente a la conservación de nuestro planeta, no podemos remediar la futura muerte de nuestro sol, no nos queda otra que preparamos para cambiar de hogar cuando sea el momento apropiado, dentro de unos miles de años, como usted bien apunta estimado Carlos Peñaloza.

    A pesar de los años, hemos cambiado muy poco en nuestra forma de ser y actuar. Seguimos con las mismas tendencias, éticas y morales. La codicia, la violencia de todo tipo, la enfermedad de la búsqueda del placer del cuerpo y mente, a través de nuestros actos.
    Por lo tanto, siendo perfectos, ¿Por qué optamos por vivir de forma contra natura? Quizás sea el peaje que tenemos pagar para seguir evolucionando.

    Si logramos que nuestro pensamiento se desvincule de las reacciones químicas de nuestro cerebro, se consiga otra situación. Pero imaginarse un cerebro biológico sin cuerpo humano, conectado a “ciencias futuras” para alcanzar un destino y lugar inhóspito en el cual su misión será la supervivencia de la especie humana es bastante terrorífico.

    No tengo duda alguna de lo infinito del Universo, y no tengamos hermanos en otros planetas. El cuerpo del ser humano tiene un tiempo limitado de vida y todo lo que nos rodea también. Por lo tanto, no tenemos que tomarlo como una tragedia sino como transito que da paso a una evolución.
    ¿Sino entonces?
    ¿Cuál sería el motivo de nuestra existencia? ¿Acaso somos su razón de ser, para evidenciar la existencia de un creador?
    Nuestro pensamiento es infinito, no tiene limites.
    Los limites, nos lo ponemos nosotros mismos.

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